La cosa va de números: 50 años se cumplen de las 11 estatuillas que recibió, y no es éste un hecho menor, por lo que supuso en ese momento, sólo igualadas por Titanic y El retorno del Rey. Todos esos premios respondieron a unas expectativas nunca vistas, por presupuesto, por historia y por actores, que convirtieron el cine religioso-de romanos en cine espectáculo y, a la vez, reflexivo. Todo en uno.
Ben-Hur se basa en la novela de Lew Wallace y narra la historia de Judah Ben-Hur, aristócrata judío, caído en desgracia por una teja que atenta contra el gobernador. Primero repudiado, pero luego rehabilitado tras salvar a un comandante romano y encontrarse posteriormente con un jeque árabe. Se trata, por tanto, de una historia de contrastes, de grandes momentos y grandes desgracias, de superación y lucha por una injusticia y, por qué no decirlo, de venganza ante ese terrible Mesala (uno de los mayores villanos del cine) que provocó su encarcelamiento.
Y nos queda una tercera pata, que no es, en este caso ni ningún actor, ni los decorados ni la fantástica música de Miklós Rózsa ni la espeluznante carrera de cuádrigas. Se trata de Jesús de Nazaret, apenas esbozado en una par de secuencias sencillas. Pero Ben-Hur es algo más que una película histórica o con retazos religiosos, William Wyler (brillante en cualquier terreno) consigue construir un drama sobre la verdad y la justicia, ayudado, claro está, por el reparto encabezado por Charlton Heston, con Stephen Boyd o Hugh Griffith.




Su última película ha supuesto un cambio, se pasa al thriller con El secreto de sus ojos, aunque sin olvidar ese toque cotidiano de humor tan suyo. Aunque se base en una novela, Campanella sigue dejando su sello, esa sensibilidad a flor de piel, esa maestría en la dirección con aquella escena del partido de fútbol, simplemente brillante.

Porque ésa es la historia, padre e hijo que sobreviven al fin del mundo, y que tratan de sobrevivir a sus consecuencias. Acacha a sus protagonistas el frío, los otros supervivientes y los recuerdos: el pasado que parece agolparse noche a noche en sus mentes. Con ello podría haber salido un relato de pura acción, pero McCarthy acierta en llevarlo al terreno de la reflexión y de la sordidez, aunque en mi opinión sin llegar a niveles de maestría de No es país para viejos.















