Oh, David Simon que estés en Nueva Orleans, Baltimore o Bagdad. Santificado sea tu nombre. No, nunca se exagera con David Simon, cualquier calificativo es menor, el mesías de las series de televisión con The corner, The wire, Generation Kill y Treme.The wire es, sin duda, la joya de la corona. La mejor serie que jamás se haya filmado y en esto no hay discusión posible. Ya nos conocemos Baltimore al dedillo, con su departamento policial, sus mafiosos, sus alcaldes, su periodismo o sus escuelas. Simon, parte desde la denuncia policial y desde las calles, pero lo hace extenso a esos otros mundos, que también son nuestros mundos, denunciando que esto se nos ha ido de las manos.

Pero ya antes de The wire ya se metió en las calles con The corner, con la que obtuvo 3 Emmys. Se trata de una miniserie de 6 capítulos precursora de The wire, con las mismas calles, la misma droga, pero enfocada en las víctimas de la heroína y no las mafias y policías.
Después de The wire, ¿qué? ¿podría superarse? Pues Simon se volvió aún más crítico y aún más global . Irak estuvo en su punto de mira con Generation kill, miniserie de 7 capítulos sobre las primeras incursiones en Irak. En ella, se aleja de la heroicidad habitual, presentando el lado humano y desolador de los soldados y sus superiores, perdidos en tierra hostil.

Y ahora Nueva Orleans centra su atención en Treme, volviendo a la fórmula coral de The wire (y con alguno de sus actores) pero sin la acción de su antecesora. Veremos dónde nos quiere llevar Simon en estas dos temporadas ya confirmadas, pero viniendo de él, debe ser a la reflexión más brillante.
Culmino la alabanza de David Simon con la alabanza a los que le rodean, pues ha sabido rodearse bien con Ed Burns, Eric Overnyer o Richard Price en los guiones y Ed Bianchi, Agnieszka Holland o Susanna White en la dirección.








Su última película ha supuesto un cambio, se pasa al thriller con El secreto de sus ojos, aunque sin olvidar ese toque cotidiano de humor tan suyo. Aunque se base en una novela, Campanella sigue dejando su sello, esa sensibilidad a flor de piel, esa maestría en la dirección con aquella escena del partido de fútbol, simplemente brillante.

Porque ésa es la historia, padre e hijo que sobreviven al fin del mundo, y que tratan de sobrevivir a sus consecuencias. Acacha a sus protagonistas el frío, los otros supervivientes y los recuerdos: el pasado que parece agolparse noche a noche en sus mentes. Con ello podría haber salido un relato de pura acción, pero McCarthy acierta en llevarlo al terreno de la reflexión y de la sordidez, aunque en mi opinión sin llegar a niveles de maestría de No es país para viejos.

Se notan especialmente los problemas en un final apresurado y poco claro, del que poco se ve y poco parece quedar claro. Sobre todo en comparación con un comienzo reposado y frío que poco a poco te mete en la historia típica del western: la búsqueda de tres niños tomados por los indios, para lo cual Dundee toma la ayuda de varios prisioneros y soldados confederados a los que, a cambio, promete la libertad.


























